Seguro que has notado que estamos viviendo tiempos raros. Todo se mueve más rápido, las noticias parecen cada vez más graves y la sensación de que algo grande está cambiando está en el aire. No es solo una percepción. Lo que está pasando ahora —inflación, deudas gigantes, tensiones políticas y países enfrentados— ya ocurrió antes muchas veces en la historia.

Eso es lo que cuenta Ray Dalio en su documental sobre el Nuevo Orden Mundial. Y aunque la frase suene un poco dramática, en realidad habla de algo bastante simple: los ciclos por los que pasan los imperios a lo largo del tiempo. Suben, alcanzan su punto más alto y después, tarde o temprano, empiezan a caer. Mientras tanto, otro imperio en crecimiento ocupa su lugar.

Es como ver una carrera de relevos: uno corre fuerte, domina la pista, pero al final se cansa y otro le pasa la antorcha.

El día que Dalio entendió que el dinero no era lo que creí

Todo empezó en 1971. Ray Dalio era un joven que trabajaba en la bolsa de Nueva York cuando ocurrió algo que le cambió la manera de ver el mundo: Estados Unidos anunció que ya no cambiaría dólares por oro. Hasta entonces, el dólar funcionaba como un cheque que siempre podías canjear por oro. Pero el país había gastado más de la cuenta, y ya no tenía suficiente para cumplir la promesa.

La noche que Nixon lo anunció en televisión, Dalio pensó que todo se derrumbaría al día siguiente. ¿Cómo no? Si el dinero ya no estaba respaldado por nada.

Pero al abrir la bolsa, ocurrió lo contrario: las acciones subieron con fuerza. Aquello no tenía sentido… hasta que miró atrás y vio que lo mismo había pasado en 1933, cuando Roosevelt tomó una decisión similar.

De ahí aprendió un principio que le acompañaría toda la vida: cuando los gobiernos imprimen dinero, las monedas pierden valor y los precios de las cosas reales —acciones, oro, materias primas— tienden a subir.

Y no fue la única vez que lo vio. En 2008, con la crisis financiera, y en 2020, durante la pandemia, pasó lo mismo. Los bancos centrales imprimieron cantidades enormes de dinero y los precios se dispararon.

Los tres problemas que están marcando esta época

Dalio no se quedó ahí. Estudió 500 años de historia y vio que los grandes cambios siempre llegan cuando se juntan tres cosas:

  • Países con deudas demasiado grandes que ya no saben cómo pagarlas.
  • Conflictos internos, donde la brecha entre ricos y pobres genera resentimiento y polarización.
  • Y el choque entre una potencia dominante que se desgasta y otra que crece con fuerza.

¿Te suena? Es exactamente lo que vemos hoy. Estados Unidos tiene una deuda gigantesca, dentro del país la política está rota por la división, y China avanza reclamando su sitio como potencia mundial.

La última vez que vimos esa combinación fue en los años 30 y 40: la Gran Depresión, el auge del populismo y, al final, la Segunda Guerra Mundial.

¿Qué es un orden y por qué se rompe?

Dalio llama “orden” a las reglas del juego que organizan cómo funciona un país por dentro y cómo se relacionan los países entre sí.

Dentro de cada nación, el orden se establece con constituciones, leyes, instituciones. A nivel mundial, se concreta en tratados y acuerdos.

El orden actual nació después de la Segunda Guerra Mundial, con Estados Unidos en lo más alto y el dólar como moneda de referencia gracias al acuerdo de Bretton Woods en 1944.

El problema es que ningún orden dura para siempre. Los imperios suben, se fortalecen, y luego, poco a poco, empiezan a mostrar grietas.

El gran ciclo de los imperio

Dalio lo resume en lo que llama el Gran Ciclo, que suele durar unos 250 años.

Imagina la vida de una persona: nace, crece, se hace fuerte, vive una época de plenitud y después envejece. Los imperios funcionan parecido.

  • En el auge, un país se recupera de un gran conflicto, tiene líderes fuertes y una sociedad unida. Invierte en educación, innovación, comercio, tecnología. Su economía crece y se convierte en un motor global.
  • En la cima, disfruta de la prosperidad. Su moneda se convierte en la más usada en todo el mundo, lo que le da poder extra porque todos quieren ahorrar en ella. Pero también aparecen las desigualdades y la deuda.
  • En el declive, la productividad se estanca, la sociedad se divide, los gobiernos imprimen dinero para tapar agujeros y los rivales externos empiezan a desafiar al imperio dominante.

La historia de los Países Bajos, el Reino Unido y Estados Unidos encaja perfectamente en este patrón.

Países Bajos, Inglaterra y Estados Unidos: la misma película repetida

En el siglo XVII, los neerlandeses lideraban el mundo gracias a su flota y al comercio. Inventaron el mercado de valores moderno y convirtieron su moneda, el florín, en la referencia mundial. Pero se expandieron demasiado, se endeudaron y fueron superados por los británicos.

Luego vino el turno de Inglaterra. Con la Revolución Industrial y su imperio colonial, dominaron el comercio mundial. La libra esterlina fue la moneda más importante. Pero dos guerras mundiales seguidas los dejaron exhaustos y con deudas enormes.

Ahí entró Estados Unidos, que emergió como potencia tras la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, el dólar ha sido la moneda de reserva mundial. Eso le dio a EE.UU. un poder enorme: podía gastar más de lo que ganaba porque siempre había países dispuestos a comprar su deuda.

Pero ese privilegio se ha convertido en una trampa. Hoy Estados Unidos está muy endeudado, imprime dinero para sostenerse y enfrenta tensiones internas cada vez más fuertes.

Señales del desgaste

Dalio identifica varios síntomas claros de que un imperio está en declive.

Cuando los ricos se alejan cada vez más de los pobres. Cuando el país gasta más de lo que ingresa. Cuando se imprime dinero como solución rápida. Cuando los jóvenes heredan un mundo más frágil que el de sus padres.

Y, sobre todo, cuando los rivales externos empiezan a ganar terreno.

Eso es lo que se ve ahora con China: crecimiento económico, innovación tecnológica, rutas comerciales, expansión militar y cada vez más uso de su moneda en el comercio internacional.

Cómo termina un ciclo

El final suele llegar de forma abrupta. La deuda se vuelve impagable, la inflación se dispara, la moneda pierde valor y la confianza desaparece.

Entonces llega el conflicto: a veces guerras internas, otras veces guerras externas. Y cuando todo se reordena, nace un nuevo sistema, con nuevas reglas y un nuevo país dominante.

Así ocurrió con los Países Bajos, luego con Inglaterra, y más tarde con Estados Unidos. Y todo apunta a que estamos entrando en otro de esos momentos de transición.

Y ahora, ¿qué?

Dalio dice que no podemos detener el ciclo, pero sí entenderlo para tomar mejores decisiones.

A nivel personal, eso significa dos cosas muy simples:

  • Gasta menos de lo que ganas. No vivas de deuda, porque es el camino más rápido al colapso.
  • Cuida las relaciones. La cohesión social es clave. Un país dividido se vuelve frágil, y lo mismo pasa con las personas y las familias.

Y a nivel de inversión, diversificar. No tener todo en una sola moneda o en activos que dependen de gobiernos que imprimen sin límite. Buscar refugio en activos reales, en cosas que no se puedan fabricar de la nada.

Esto es lo que plantea Ray Dalio en su documental. No es un discurso apocalíptico, es simplemente la lectura de patrones que se repiten en la historia.

Los imperios, como las personas, tienen un ciclo vital. Y parece que estamos viendo en directo cómo se acerca el final de uno y el nacimiento de otro.

Y aquí es donde entra Bitcoin

Cuando escuchas a Dalio hablar del ciclo de los imperios, parece que estamos atrapados en una rueda que nunca se detiene: países que se endeudan, imprimen dinero, pierden competitividad, su moneda se devalúa y al final todo cambia de manos.

Lo mismo pasó con el florín, con la libra y ahora lo vemos con el dólar. Siempre que una moneda depende de un gobierno que puede imprimirla sin límite, tarde o temprano acaba perdiendo valor. Y quienes pagan las consecuencias son los ciudadanos, los que ahorran en esa moneda y ven cómo poco a poco su poder de compra se reduce.

Bitcoin rompe ese patrón.

Porque no lo controla ningún país, no depende de políticos que puedan decidir cuántos se emiten ni de bancos centrales que quieran “estimular la economía” imprimiendo más. El número de bitcoins está limitado desde el principio y nadie puede cambiarlo. Eso lo convierte en un activo completamente distinto a cualquier moneda nacional.

Imagina que en los años 70 hubieras podido guardar tu riqueza en algo que no podía devaluarse con la decisión de un presidente. O en los años 30, cuando Roosevelt rompió la promesa del oro. Eso es lo que hoy ofrece Bitcoin: una forma de ahorrar fuera de los caprichos de los gobiernos.

Muchos lo ven todavía como algo extraño o demasiado nuevo, pero en realidad responde al problema más antiguo de la economía: cómo proteger tu dinero cuando el sistema en el que vives empieza a desgastarse.

Si los imperios suben y caen, si las monedas fuertes se convierten en papel sin valor con el tiempo, Bitcoin aparece como una alternativa que no depende de fronteras ni de órdenes mundiales. Es, en cierto modo, una salida del ciclo.